En el período que media entre la Segunda Guerra Mundial y nuestros días, el Perú ha experimentado el cambio más profundo de su historia republicana. Ese cambio no se ha producido como un hecho único ni deliberado, sino como la sucesión de millones de actos que iban transmutando paulatinamente un orden que parecía inconmovible.
La ciudad peruana ha dejado de ser el pequeño lugar familiar que todos conocían para transformarse en una populosa metrópoli impersonal, de barrios nuevos y desconocidos.
En los últimos cuarenta años, la migración indígena ha hecho que la población urbana se quintuplique y que necesariamente la ciudad se reorganice. Han aparecido, así, nuevas actividades que poco a poco vienen reemplazando las tradicionales. Viviendas modestas apiñadas en torno a la ciudad, una multitud de talleres instalados en éstas, ejércitos de ambulantes vendiendo en las calles e incontables líneas de microbuses surcándolas, parecen haber brotado de la nada, ensanchando y densificando el espacio urbano. Todos los días, humos y olores diversos de las frituras que se cocinan en las calles nos llegan mezclados con tonaditas andinas que no se sabe de dónde provienen. Una legión de "maestritos" arriba incesantemente con sus herramientas bajo el brazo y provoca un incremento considerable de las actividades que pueden desarrollarse en la ciudad. Adaptaciones criollas ingeniosas han beneficiado la producción o prestación de bienes o servicios indispensables, llegando a transformar radicalmente ciertas áreas de la manufactura, la distribución minorista, la construcción y el transporte. El desierto y los cerros que rodean las ciudades han dejado de ser un paisaje pasivo para incorporarse a ellas. El estilo europeísta que las caracterizó ha dado paso a una personalidad cobriza y tumultuosa.
Pero al mismo tiempo la ciudad ha individualizado a sus habitantes. Ha comenzado a predominar el esfuerzo personal sobre el colectivo. Han surgido nuevos empresarios que, a diferencia de los tradicionales, son de origen popular. Ha aumentado la movilidad vertical de las personas. Se han alterado los patrones de consumo y los gustos selectos y suntuarios de la vieja sociedad urbana han sido desplazados por otros más extendidos. En materia de espectáculos, por ejemplo, se ha reemplazado a lo largo de los años la ópera, el teatro y la zarzuela por el cine, el fútbol, los festivales folklóricos y, finalmente, la televisión. En general, lo mismo ha sucedido con aquellos consumos que la concentración demográfica ha puesto al alcance de todos, tales como la cerveza, el arroz y la sal de mesa. Otros de consumo más selecto como los vinos y las carnes han decaído proporcionalmente a lo largo de estas décadas.
También en el aspecto religioso el Perú ha experimentado cambios significativos. El catolicismo, identificado con el orden tradicional, ha perdido terreno frente a nuevas confesiones como las protestantes, carismáticas y, más recientemente, expresiones vernaculares y sincréticas como la "Asociación Evangélica de la Misión Israelita del Nuevo Pacto Universal". "Santitas" y "beatitas" de origen popular y no reconocidas por la Iglesia, como la Melchorita o Sarita Colonia, están desplazando en la devoción local a Santa Rosa de Lima y otros santos tradicionales.
Todo ello constituye una nueva identidad cultural que reclama verse retratada socialmente. El surgimiento de la música "chicha", que tiende a reemplazar al folklore andino y a la música criolla, y el triunfo de determinadas formas de comunicación, programas radiales o telenovelas, que se refieren o reflejan partes definidas de esta nueva identidad, ejemplifican claramente el cambio producido. Las páginas sociales y los espacios televisivos dedicados a mostrar la forma de vida de las clases altas han ido gradualmente desapareciendo. Priman ahora las crónicas policiales y los programas de diversión popular que los nostálgicos califican de "huachafos".
Paralelamente la gente ha comenzado a invertir más en su preparación. Se ha incrementado notablemente la participación popular en la educación secundaria y superior, y han proliferado todo género de academias e institutos que brindan formación barata y práctica en las más diversas materias y que funcionan en lo que fueron antes las mansiones de la aristocracia.
La clases altas han descubierto que, de un tiempo a esta parte, en restaurantes, playas, aviones, directorios y hasta en Palacio de Gobierno tienen que codearse con gente de origen popular. Por ello, en muchos casos han optado por recluirse en su cada vez más reducido mundo y consolarse con la añoranza de un tiempo que terminó. Existe gente que se atrinchera en exclusivos barrios residenciales, frecuenta clubes que no parecen haber sido tocados por el tiempo, transita en la medida de lo posible por avenidas arboladas y mantiene costumbres que la llevan a una segregación social y racial de facto.
Han surgido al mismo tiempo nuevas organizaciones que intentan recomponer o establecer a otro nivel algunos de los valores y afectos que se estaban perdiendo. Los clubes departamentales, parroquiales y deportivos, los comités vecinales, las asociaciones de ambulantes y aun los comités de transportistas han procurado obtener el bienestar de sus afiliados a lo largo de los años. En la ciudad, "la familia ampliada" ha venido a convertirse en una red de relaciones comerciales o productivas: actividades económicas desarrolladas entre "primos" y "tíos" son ahora cosa corriente.
Estas organizaciones han empezado también a adquirir un papel preponderante frente al Estado, a medida que las actividades económicas a las que se encuentran ligadas han crecido. De esa manera, la provisión de infraestructura básica —calles, agua, desagüe y electricidad—, la construcción de mercados, la prestación del servicio de transporte y aun la administración de justicia y el mantenimiento del orden público, en mayor o menor medida, han dejado de ser exclusivamente atendidos por el Estado para serlo también por estas nuevas organizaciones. Al retroceso del Estado ha venido aparejado el retroceso de la sociedad tradicional. Conforme ha ido aumentando el papel de las nuevas organizaciones, los gremios han perdido poder y la población sindicalizada privada ha decrecido persistentemente a tal extremo que hoy en día constituye sólo el 4.8% de la población económicamente activa.
Lo preocupante es que el espacio abandonado por el Estado en su repliegue ha sido ocupado sólo en parte por esas nuevas organizaciones. Al parecer, el restante ha sido ganado por la violencia. Asaltos, secuestros, violaciones y descuartizamientos han coincidido con una creciente agresividad en el tránsito y una falta de seguridad en las calles. Las fuerzas policiales se han visto progresivamente rebasadas, e incluso algunos de sus miembros se han convertido en protagonistas de escándalos y en avezados delincuentes. El hacinamiento humano y la promiscuidad en las cárceles provocan constantemente episodios sangrientos y engendran una criminalidad mayor que se esparce por la ciudad cuando los delincuentes se fugan, inclusive en complicidad con sus custodios. La violencia resultante ha obligado a las personas a defenderse como pueden: todo tipo de armas, incluyendo ametralladoras y escopetas de repetición, "guachimanes" de uniformes variados y hasta inexpresivos guardaespaldas son ahora de uso corriente. Así, cada día nos vamos pareciendo más a lo que las películas cinematográficas han resumido en la ofensiva caricatura de una república bananera.
La gente poco a poco se ha ido acostumbrando a vivir fuera de la ley. Aun el robo, la usurpación o la toma de fábricas se dan como cosa de todos los días, sin que incomoden mayormente la conciencia de las personas. Inclusive algunos delincuentes se han convertido en figuras públicas, como resultado de la constante apología de que han sido objeto.
De esa forma, una completa alteración de los medios y los fines ha trastocado la vida social, a tal punto que hay actos que formalmente son delitos, pero que la conciencia colectiva ya no reprueba. Un ejemplo particularmente ilustrativo es el del contrabando. Desde la señora aristocrática hasta el hombre más humilde adquieren artículos de esa procedencia. Nadie tiene ya escrúpulos frente a él; por el contrario, les parece una especie de desafío a la viveza personal o una revancha que se toma contra el Estado.
Esta progresiva incorporación de la violencia y el delito a la vida cotidiana ha ido aparejada de una multiplicación de la miseria. En términos generales, el ingreso real promedio de los peruanos ha decaído persistentemente desde hace diez años y ahora tiene el mismo nivel de hace veinte años. Cataratas de basura se acumulan por todas partes. Legiones de pordioseros, lavacarros y "pájaros fruteros" se avalanzan día y noche sobre los transeúntes pidiendo "una propina". Enfermos mentales desnudos pululan por calles que apestan a orina. Niños, madres solteras y tullidos reclaman en cada esquina una limosna.
Al mismo tiempo ha comenzado a crecer la preocupación de la sociedad civil por la cosa pública. La inflación, la devaluación y la deuda externa, entre otros temas, han dejado de ser misterios propios de ciertas élites para convertirse en puntos de debate en los que todo el mundo tiene algo que decir. El gobierno se ve obligado a justificarse ante la opinión pública, y la aceptación o rechazo de ésta se ha convertido, a su vez, en un valor político susceptible de afectar su estabilidad.
Así, han surgido actitudes definidas frente al Estado. La burocracia ha perdido prestigio social. La ciudadanía se ha resignado a la necesidad de corromper a los funcionarios para obtener el reconocimiento de sus pretensiones. El centralismo, tradicional en nuestra sociedad, ha resultado claramente incapaz de responder a las múltiples necesidades de un país en transformación. La ineficiencia de los tribunales ha ocasionado una creciente desazón y pérdida de confianza en los mecanismos establecidos para hacer respetar el Derecho. Se ha alimentado de esta manera un creciente descontento contra el status quo que, al coincidir con el progresivo incremento de las nuevas actividades, ha provocado una paulatina pérdida de vigencia social del Estado.
En este contexto, más peruanos han aprendido a negociar con el Estado la concesión de todo género de privilegios que les permitan sobrellevar las dificultades. Se ha acentuado, así, la politización de nuestra sociedad. Pequeños grupos de interés luchan entre sí, causan quiebras, involucran funcionarios públicos. Los gobiernos subastan privilegios y destruyen la seguridad del Derecho. Se da y se quita a través de la ley mucho más de lo que la moral permite. Muchos medios de información dependen de la banca o ayuda estatal y por lo tanto se someten al poder renunciando a su capacidad de denuncia e inclusive a describir las cosas con objetividad, de tal modo que hay que recurrir a más de un medio de información para poder conocer realmente los hechos.
Todo esto ha estimulado un cambio abrupto de actitud frente a la sociedad. Ha surgido el terrorismo como una alternativa violenta frente al estado de cosas, pero ha surgido paralelamente una nueva actitud frente a lo peruano. Algo así como si los grupos intelectuales del país buscaran refugiarse en un supuesto candor idílico del hombre andino, que no estaría corrupto por esta decadencia. El propio movimiento terrorista plantea hacer "la guerra popular del campo a la ciudad", como si de lo profundo del Perú hubiera que traer la fuerza regeneradora que ayude a explicar todos estos cambios.
Las cosas han cambiado en el Perú. Si bien es cierto que en algunos lugares del país se sigue viviendo como hace siglos, el nuevo ritmo de la historia se marca ahora en las ciudades y es allí, más que en el campo, donde hay que buscar el significado o la respuesta a los cambios acontecidos. El presente ha terminado por imponerse. Nada será como antes; el pasado no regresará.