"¡¡¡Booom!!!" La terrible explosión fue a las 8.00 p.m. del 20 de julio de 1992. A esa hora muchos seguíamos trabajando en las oficinas del Instituto Libertad y Democracia en Miraflores, un barrio al sur de Lima. El estallido destrozó muros y ventanas, y astilló el vidrio, el metal y los muebles en filudas esquirlas que cruzaron cual bólidos las habitaciones. Era un coche-bomba, y la explosión había lanzado el motor del vehículo a través del inmueble destruyéndolo todo a su paso, hasta estrellarse contra la pared de una casa vecina, 100 metros más allá de nuestro edificio. Luego pudo verse, desde kilómetros a la redonda, ascender una inmensa nube sobre nuestra devastada sede.
Ya antes habíamos sido blanco del terrorismo. Sendero Luminoso, que venía aterrorizando al Perú desde 1980, consideraba al ILD su némesis intelectual. En consecuencia había puesto bombas en nuestras oficinas, disparado contra nuestros vehículos, y amenazado a nuestra gente. La constante sensación de que habría un próximo atentado salvó muchas vidas. Tres minutos antes de que estallara el coche-bomba oímos, y reconocimos, disparos en la parte exterior de nuestro local. Eran para obligar a nuestra guardia de seguridad a buscar refugio detrás de los muros que protegían al ILD, y un comando de Sendero Luminoso pudiera entregar un paquete mucho más letal: en este caso, según investigaciones policiales, un automóvil cargado con 400 kilos de dinamita y nitrato de amonio. Los disparos de advertencia nos dieron preciosos segundos. De un salto nos pusimos a cubierto y así pudimos eludir los siniestros escombros que unos instantes después iban a volar por nuestras oficinas.
Sin embargo algunos no tuvieron tanta suerte. La prensa informó sobre tres muertos y 19 heridos. Entre estos últimos Edilberto Mesías, un guardia de seguridad del ILD recibió una bala en el estómago, se arrastró hasta un hospital cercano, y logró sobrevivir. Marco Tulio Ojeda, un policía asignado al ILD, corrió heroicamente hacia el coche-bomba para arrancar la mecha encendida. Pero llegó segundos tarde: el vehículo voló y Marco murió de inmediato. Para cuando los 20 que estábamos dentro del local nos terminamos de levantar del piso, sacudirnos los vidrios, el metal y el polvo, y correr hacia afuera para evaluar el daño, ya estaba allí un sacerdote franciscano administrando la extremaunción a algunas de las víctimas tendidas en la vereda, inocentes transeúntes muertos por los disparos y la explosión.
Fue un momento trágico. Todos quedamos anonadados por la violencia del atentado y entristecidos por las vidas inocentes perdidas. Pero no sorprendidos. En verdad, algunos estábamos convencidos de que aquel atentado era otro indicio de nuestra efectiva victoria en la guerra intelectual contra Sendero Luminoso. El más optimista de nosotros era Mariano Cornejo, el gurú de nuestro think tank, quien entró corriendo a lo que quedaba de mi oficina 15 minutos después de la explosión. Mariano vivía a solo pocas cuadras del ILD, y tan pronto oyó la explosión supo quién era el blanco. "¿Qué más prueba necesitamos de que hemos puesto a Sendero Luminoso a la defensiva?", me preguntó. "Se les han agotado los argumentos. Solo pueden alegar con pólvora. Ya no saben qué hacer".
Mariano se refería a que el ILD se había enfrentado abiertamente a Sendero Luminoso cinco años antes, cuando presentamos la edición peruana de El Otro Sendero. Desde su título, el libro era un desafío intelectual a los terroristas. En base a un sólido trabajo de campo y a hechos concretos, el libro presenta una imagen mucho más realista de la pobreza en el Perú y una alternativa más eficaz al subdesarrollo y a la injusticia que las propuestas por los terroristas.